Luis Porter
Un querido amigo, Daniel Cazés, me hizo ver una mañana en la que paseábamos por la ciudad de Puebla, que se trataba de una urbe que podía verse como una ciudad universitaria. Conocedor del patrimonio de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, al caminar por sus calles, Daniel me iba indicando la serie de edificios de todo tipo, tamaño y función, que formaban parte de dicha institución.
Esa experiencia me ayudó a pensar en la ciudad de otra manera, revivir otras ciudades conocidas para volverlas a leer como ciudades-escuela. Pensé en Zacatecas, en Guanajuato, en Xalapa o en San Luis Potosí, y en cada una de ellas se hacía evidente la importancia urbanística y la definición de su identidad, a partir de los edificios dedicados a la educación.
A partir de entonces la idea de mirar a cualquier ciudad o conglomerado urbano como una ciudad-escuela fue un ejercicio constante que cambió drásticamente mi forma de percibirlas. A medida que ponemos atención en todo aquello que ocurre y tiene como resultado educar, nuestra lectura del entorno se amplía y asume otras dimensiones. Cada sector de la infraestructura se enriquece y toma sentido, a medida que la recorremos físicamente, o en el recuerdo, en un plano o mapa. Emergen la belleza de aquellas escuelas primarias de carácter histórico, en las que estudiaron nuestros ancestros. Aparecen y toman peso y significado simbólico las escuelas secundarias, los colegios privados, los centros, institutos, bibliotecas y museos. Nos damos nueva cuenta de los edificios dedicados a la cultura: teatros, hemiciclos, espacios para la reflexión, para la comunicación, el encuentro o el intercambio. Notamos las librerías, los clubes, los gimnasios. Los recorridos se enriquecen y después de hacerlos, nos quedamos con la impresión que son muchos los objetos, los hitos urbanos, los conglomerados que tienen que ver con la enseñanza. Poco a poco, la intensidad de la circulación y de las actividades que dan vida a la ciudad, el comercio, la administración, la misma vivienda, van conformándose como el contexto en donde la educación ocurre, donde acontecimientos formativos tienen lugar, donde la cultura se manifiesta.
El siguiente paso nos lleva más allá de las construcciones mismas, de sus fachadas, anuncios o letreros, de sus grandes portales, angostos pasillos, discretas o solemnes puertas por donde la gente entra y sale. Al detenernos en algún claro de una banqueta, en la esquina de un crucero, o al llegar cualquier espacio desde donde podemos observar lo que nos rodea, todo toma la forma de una multitud de lecciones y de clases, de aulas abiertas que al unísono ofrecen a la gente su lección particular. Desde la imagen obvia de un grupo de niños en hilera caminando detrás de una maestra que los guía, hasta ese señor mayor, que en la banca de la plaza lee un periódico. Pasando más adelante por ese grupo uniformado de jóvenes que practican las artes marciales, regalándonos con su pequeño espectáculo rítmico y atractivo. Yendo más allá con ese turista que lee el letrero que especifica los usos y las actividades que se ofrecen en el parque, como quien lee un manual público de instrucciones. Hasta llegar a ese recodo, donde el dedicado amo de un cachorro lo entrena siguiendo un método preciso, con gestos y movimientos típicos de una manera de educar, todo, incluyendo esas bancas de madera y hierro en donde se sienta la gente a leer, conversar, o simplemente descansar, corresponde a las actividades de una enorme escuela. En el estanquillo de la esquina se ofrecen libros, mapas, publicaciones periódicas. Contra el cielo flamea una bandera gigante, contra los muros brillan los anuncios que se fijaron en la madrugada, los escaparates y las vidrieras se muestran como catálogos vivos, los autobuses pasan anunciando destinos: nombres de colonias, calles, puntos de llegada, instituciones.
La ciudad entera nos envuelve con sus múltiples voces, se anticipan festivales, se promueven conciertos, reuniones, seminarios. La ciudad se expresa y al hacerlo nos educa, lo mismo fuera que dentro de sus escuelas, en cada espacio donde la gente se encuentra, se junta o se reúne. La ciudad nos habla todo el tiempo, nos dice cosas. Nuestra mirada las observa, a veces indiferente, sin tener conciencia de sus múltiples lecciones. La ciudad es una escuela que cambia en cada espacio, que nos habla con múltiples voces.
¿Será la ciudad la que personifica lo que llamamos la escuela de la vida?
Creemos que no, si aprendemos a leerla, a verla en forma menos automática y lineal. La escuela de la vida es aquélla suma de experiencias de las que no fuimos enteramente conscientes y que por fin se convierten en una biografía a ser contada. Corremos el peligro de vivir la ciudad de esa manera, dejándonos llevar por sus calles y sus días, atendiendo a la urgencia del momento, confundiendo al conglomerado que transita en su afán consumidor, o de sobrevivencia. No, estamos hablando de otra cosa, de aquellos que se preocupan por saber leer y releer su ciudad.
La pedagogía de lo cotidiano no es aquélla a la que nos abandonamos en la inercia de lo que sucede paso a paso, hora tras hora, en forma aburridamente lineal. Leerla es aprender a vivirla interactivamente, como un hipertexto que nos lleva de un sitio a otro, ida y vuelta, atrás, adelante, en elipsis o en círculos. Intentemos dicho ejercicio, que puede tomar muchas formas. Un ejemplo es subirse al camión dispuestos a tomar, durante la trayectoria, la lección urbana de ese día. Observar como un alumno más, como un visitante ávido de conocimiento, a la ciudad y sus protagonistas. Los rostros, gestos, expresiones de todo tipo, tristeza, hartazgo, apuro, urgencia, desazón, alegría, indiferencia. La ciudad nos muestra sus múltiples miniseries, sus telenovelas instantáneas y en vivo, momentos en que pareciera que la alegría se desvanece en la inmensa ciudad para estallar en una carcajada que nos toma por sorpresa, en la fealdad, que es a la vez belleza, de su caos, de sus grafiti, de sus azoteas en constante crecimiento, de sus perros abandonados, de las hileras de macetas, o de ropa colgada, las múltiples líneas paralelas de la maraña de cables y de tubos, el estallido de los símbolos patrios, la constante demolición/construcción que significa la enorme escuela que constituye cada ciudad, tu ciudad, esta ciudad en la que todos somos alumnos.
vlporter@yahoo.com profesor de la UAM-Xochimilco, agradece sus comentarios y se los responde.
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